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Vida En El Espacio Los Astronautas En Las Estaciones Espaciales

  • Meses de entrenamiento, bajón emocional, preparación psicológica para cualquier adversidad, aislamiento del resto del mundo, falta de reconocimiento económico, emociones fuertes, miedo... Así son la vida y las emociones de un astronauta antes de dejar la Tierra y después de volver a ella. El viaje al espacio es una experiencia tan cargada de adrenalina como de temores.

  • Al regresar a la Tierra, muchos tardan semanas en recuperarse. La labor que desarrollaron en el espacio es hasta tal punto estresante que volver a casa trae consigo una sensación de relajación que puede llegar a desembocar en una enfermedad.

  • Durante el viaje espacial, estos científicos son mas que nunca dueños de cada uno de sus movimientos. Si algo sale mal, desde aquí abajo sólo pueden recibir consejos; las decisiones finales son exclusivamente de ellos. Por eso, muchos dicen que la vuelta a casa trae consigo una desorientación total en el plano fisiológico y una sensación de cansancio y abatimiento absolutos.

  • Embarcarse en un vuelo espacial, sobre todo los de larga duración a bordo de la Estación Espacial Internacional, no es algo sencillo, aunque sí muy demandado por los científicos. Hay que estar hecho de una pasta especial para que el cuerpo soporte semejante impacto. En el “automóvil” en el que se viaja no se pueden abrir las ventanillas. A veces hay muy malos olores por la desgasificación de algunos objetos con los cambios de temperaturas y presión; puede hacer mucho frío o mucho calor, y el ruido es muy alto y constante, ocasionado por el zumbido de los ventiladores, el aire acondicionado, los filtros y el timbre de los teléfonos.

  • Hay un nuevo amanecer cada 90 minutos, lo cual es maravilloso, pero 16 de ellos por día son capaces de enloquecer cualquier biorritmo. Así es este viaje, sin duda fantástico, pero también lleno de inconvenientes. Las náuseas son una constante, especialmente al ponerse en órbita, y el sencillo acto de ir al baño en casa se convierte en toda una odisea en la nave. El procedimiento funciona como un acoplamiento en órbita entre dos vehículos espaciales, dentro de los cuales debe haber un encaje perfecto. “El baño es muy bueno —escribió el astronauta Michael Foale refiriéndose a la difunta estación espacial rusa Mir—, pero me lleva entre 15 y 20 minutos de principio a fin. Es mucho tiempo”.

  • Dentro de la nave no hay arriba ni abajo. Todo flota, hasta los seres humanos, así que hay que tener mucho cuidado de no chocar contra partes vitales del aparato o contra los propios experimentos científicos. Por todo esto, es necesario estar preparado para el viaje al espacio. Meses de entrenamiento y algunos días de incomunicación con el exterior para evitar enfermedades son clave antes de lanzarse al vacío, y a un viaje que, para muchos, ha sido sin retorno. Y eso pesa en las mentes de los astronautas.

  • Los ejercicios preparatorios son muy intensos y la salud debe ser de hierro. Por eso, para el viaje espacial se seleccionan personas que no sean propensas a sufrir enfermedades ni tengan claustrofobia. Por tal motivo, el círculo de candidatos se reduce bastante con estas condiciones. El gran sueño de muchos astronautas es que algún científico llegue a inventar un sistema o medicina que impida los mareos y la sensación de desorientación durante las primeras seis u ocho horas de vuelo, las más peligrosas del viaje, y a las que acompaña una insoportable tensión ante un riesgo de explosión.

  • ¿Pero qué ocurriría si uno de los tripulantes contrajera una enfermedad durante el tiempo que está en el espacio? Unos ocho días previos de aislamiento ponen a los tripulantes a salvo de cualquier enfermedad contagiosa. El acercamiento a ellos sólo está permitido tomando ciertas medidas de seguridad, como vestirse con unos trajes apropiados y cubrirse la boca con una mascarilla. Las revisiones médicas son frecuentes. No obstante, hay todo tipo de medicinas a bordo, además de un desfibrilador, un aparato para medir la presión y conexión directa con un médico, disponible las 24 horas, que está en la Tierra.

  • “No importa con quién esté volando, podría ser su mejor amigo, pero va a haber momentos en que estarán a punto de ahorcarse el uno al otro”, dijo el astronauta Daniel Bursch en 2002 al terminar su estancia de 194 días en el espacio. “Cuando eso sucede, uno tiene que irse a hacer ejercicio, dedicarse a un hobby o ponerse a trabajar’. La convivencia es otro de los problemas. Espacio reducido suele ser sinónimo de tensión con el compañero; por eso, los estudios psicológicos sobre la personalidad y la cultura de los tripulantes son de gran ayuda en la convivencia. Tanto la NASA como la ESA tienen mucho cuidado de que sus astronautas sean personas de carácter afable. Durante los meses de entrenamiento se van conociendo y estrechando el espacio que los separa. De hecho, uno de los grandes problemas de los asiáticos es que necesitan mucho espacio entre ellos y su interlocutor algo que en un vuelo espacial es imposible. Por eso, la convivencia previa es imprescindible.

  • Pero lo que es especialmente duro para la mayoría de los pioneros del espacio son las semanas o meses que viven alejados de los seres queridos. “Dile a la pequeña Jenna que la amo y que lloré cuando leí que ella creyó que me había convertido en una estrella» escribió Michael Foale a su esposa en un correo electrónico desde la Mir. “Cada vez que recibo un correo tuyo es como si fuera un regalo o un trozo de chocolate que me moría por comer. A propósito de chocolate, aquí tenemos, pero no nos dura nada, y el vehículo de carga Progress aún tardará un mes en llegar... Siempre que miro por la ventana trato de pensar en lo que está haciendo la gente sobre los lugares por los que pasamos.

  • Las comunicaciones con el espacio han sido tradicionalmente difíciles. Antes había que esperar a que la estación pasara sobre una serie de antenas terrestres y satélites para enviar o recibir información. Hoy es posible hablar virtualmente con Control de Misiones a cualquier hora, y también es posible usar el sistema de radioaficionado, que ahora es muy popular entre los astronautas. De todas maneras, como en la Tierra, a veces las comunicaciones fallan, y es entonces cuando sobrevienen las mayores frustraciones.

  • Por si fuera poco, cuando es posible hablar en tiempo real hay que hacerlo ante los oídos de la gente de Control de Misiones, una falta de privacidad que ha sido criticada duramente por los astronautas. Otro tema que está siendo evaluado es el hecho de comunicar o no malas noticias familiares. El consenso parece ser no hacerlo si se trata de un vuelo corto en el transbordador, pero sí si se encuentran en una misión de larga duración.

  • El correo electrónico parece ser el sistema más aceptado por los astronautas para comunicarse. Y es que hasta la inmensidad del espacio es capaz de llegar uno de ellos con la fotografía de un hijo, una esposa o un mensaje de alegría. Y todo sin que -al menos en teoría— nadie sea testigo de sus conversaciones. Por correo electrónico un astronauta puede recibir, por ejemplo, noticias sobre la tarea encomendada a un amigo para que cuide de su familia. Porque tanto la NASA como la ESA encargan a un compañero muy allegado al astronauta su atención durante su ausencia. Esa persona tiene asignado un trabajo con horario mientras su amigo está en el espacio: ocuparse de todo lo que su familia pueda necesitar, desde apoyo moral hasta mediar con los doctores del colegio de los chicos o arreglar un enchufe que no funciona.

  • La psicología y el comportamiento humano en órbita es un asunto espinoso, sobre todo para la NASA. La herencia del piloto de pruebas “macho y duro» con la que nacieron los primeros astronautas dificulta que éstos puedan mostrar alguna debilidad públicamente. Hacerlo sería admitir que no están preparados convenientemente. “Yo vivía aterrado todo el tiempo con la idea de que me iba a dar un ataque de apendicitis o que me iban a doler los dientes. Una noche lo soñé tan vivamente que amanecí con dolor de muelas por apretar las mandíbulas», dice el cosmonauta Valery Ryumin.

  • Otro problema poco estudiado es el de los efectos del profundo aislamiento. Algunos estudios de la Annada estadounidense demostraron las reacciones psicológicas de los científicos y personal desplegado durante el invierno en posiciones aisladas, como las bases en la Antártida. Son situaciones emocionalmente parecidas a las de un vuelo espacial de larga duración. Muchos sufrieron problemas nerviosos. Otros se volvieron esquizofrénicos. Estar separado del resto del mundo dentro de un ambiente difícil es complicado. No siempre hay ayuda inmediata y tampoco noticias frescas. Las cosas se rompen. Los compañeros se hacen antipáticos. La comida deshidratada se vuelve aburrida. La motivación comienza a flaquear.

  • En efecto, la palabra comida, por ejemplo, se asocia con algo muy poco placentero en el espacio. Durante los primeros años de la carrera espacial, los médicos no se ponían de acuerdo sobre si se podía o no tragar comida en ingravidez. Rusia empezó a fabricar alimentos y a envasar-los en algo parecido a un tubo de pasta de dientes, mientras que en EE.UU. se utilizaba algo similar a una pastilla de caldo que se tragaba después de mojarla en agua. Los astronautas protestaron y la comida cambió un poco. Ahora se utilizan, sobre todo, latas de comida —se abren con abrelatas normales— que previamente se han metido en cámaras de baja presión para evitar que revienten. También se recurre mucho a los alimentos deshidratados y la bebida siempre se ingiere desde una bolsa y por un sorbete. Pero aunque la comida no es muy suculenta, se trata del aspecto menos desagradable. De hecho, en la nave hay otros muchos detalles que pueden llevar a la depresión.

  • Durante muchos meses, ya estás mentalmente allí” señala el astronauta español Pedro Duque. “Sabes que amba nadie te va a ayudar, así que te preparas con todo. Luego llega el día del despegue, y la sensación de mareo es terrible y te das cuenta de que eso no lo has podido controlar. Te han puesto una inyección para el mareo y eso te quita reflejos. A eso le sumas la tensión porque son los momentos de más peligro”. Después de su experiencia en el espacio -en 1998 durante 9 días en el vuelo STS-95 del transbordador espacial y en 2003 durante 10 días en la misión Cervantes de la ESA-, Pedro Duque tiene las sensaciones muy vivas. El hoy director de Operaciones del Centro Español de Apoyo a Usuarios y Centro de Operaciones no olvida ni uno sólo de los momentos vividos antes y después de cada misión.

  • “Yo hice un pequeño testamento en ambas ocasiones. Hay que ser precavido. En cuanto a los seguros de vida, la verdad es que es la agencia quien lo organiza. Uno tiene la cabeza en otras cosas”. Quizá la gran demanda hace que las condiciones no sean las mejores. “A mí no me pagaron plus de peligrosidad, pero después del segundo viaje me dieron un mes extra de vacaciones”. Unas vacaciones que lo ayudaron a superarla vuelta a la gravedad: ‘Tardas mucho tiempo en recuperarte”.

  • El éxito a veces puede más que los momentos desagradables. “Cuando ves que sacas adelante algo que durante meses has estado preparando, no quieres volver a tierra. Mientras tanto, te vas comunicando con tu familia por e-mail y lo llevas adelante mucho mejor, a pesar de que no te sueltas en los mensajes por si alguien los lee”.

  • El veterano astronauta retirado John Blaha, uno de los primeros en convivir en la Mir con dos cosmonautas, admitió cómo sucumbió a ella. Para empezar, poco antes de comenzar la misión cambiaron la tripulación rusa con la que había estado entrenando. Blaha llegó a la Mir sin conocer a sus compañeros. La estación, una maravilla tecnológica, no obstante estaba plagada de problemas: las ventanas estaban llenas de hongos, la ducha no funcionaba y no había espacio para nada. Pero lo peor fue cómo perdió su confianza en los controladores de Houston, un problema que ha estado presente históricamente en casi todas las agencias espaciales. Los controladores le asignaban tareas constantemente y muy pronto Blaha se encontró durmiendo menos de tres horas por día.

  • Por este y otros motivos, en el espacio también hubo huelgas. La primera tuvo lugar en la antigua estación Skylab, donde los tres astronautas se negaron a trabajar durante 24 horas, según ellos por el control al que fueron sometidos.

  • Ante este cúmulo de tensiones, riesgos y dificultades sería lógico pensar que los astronautas reciben un plus económico por peligrosidad. Nada más lejos de la realidad. Su salario es el mismo en la Tierra que en el espacio. El astronauta español Pedro Duque aún recuerda los 25 dólares de dietas que le dieron por el viaje de Houston a Florida desde donde despegaría en su primer vuelo espacial. “Todos nos quedamos con el tiquet de recuerdo por lo anecdótico del asunto. Eso da una idea de todo lo demás”.

  • En la NASA el salario oscila entre los 60.000 y los 85.000 dólares anuales, según la antigüedad. Comparado, por ejemplo, con el salario de un ejecutivo en la industria privada en EE.UU. es muy poco. De hecho, el sueldo del antiguo director de la agencia espacial, Sean O’Keefe, era de 158.000 dólares anuales. En su nuevo cargo como rector de la Universidad de Louisiana, O’Keefe gana más del triple.

  • Al comienzo de la era espacial, los astronautas sí recibían casas y automóviles. Eran parte de una elite de héroes y se los quería honrar. Ahora no. Ser seleccionado para una misión es considerado como un premio en sí mismo por tener las cualidades que se busca para ese vuelo específico. El dinero pierde importancia cuando a uno lo seleccionan para una misión. Entonces hay que pensar en los preparativos. ‘Susan Helms, la primera mujer en vivir en la Estación Espacial Internacional, en 2001, decidió cortar con todo. “Me dije: Susan vas a estar fuera del planeta durante meses. Tienes que tomar medidas radicales’. Cancelé mis tarjetas de crédito, cerré mi departamento, dejé mis cosas en un depósito e hice remitir el correo a casa de mi madre. No quería tener problemas con el alquiler, las goteras o la cuenta de la luz”.

  • Hacer un pequeño testamento es una opción a la que todos los astronautas recurren antes de viajar al espacio. Hay un 98 por ciento de posibilidades de supervivencia, pero el 2 por ciento restante es muy real. Muchos anulan su correo electrónico para no tener que contestar cientos de mensajes a su regreso y otros cancelan sus teléfonos celulares.

  • Otra cosa con la que los astronautas no tienen que lidiar es con los seguros de vida. Primero, porque no existen beneficios especiales para los familiares de astronautas que mueren durante una misión espacial. De hecho, el seguro de vida a través de la Asociación de Beneficios a Empleados de la NASA contiene una cláusula específica de “no pago” si la “muerte resulta o es causada al volar como tripulante o pasajero en un transbordador espacial”.

  • Estos son términos que todo astronauta acepta desde el comienzo. Por otro lado, ninguna compañía aseguradora haría un contrato con un astronauta por un precio razonable. Según Sean O’Keefe, ellos reciben los mismos beneficios por muerte que cualquier otro estadounidense que arriesga su vida en zonas de guerra o en el desempeño de otros servicios al Gobierno, esto es, aproximadamente unos 200.000 dólares.

  • No obstante, cuando llega la oportunidad de una misión, es el momento de máxima alegría. Para ellos viene a ser como ganar la lotería, especialmente si se trata del primer vuelo de un astronauta. Y es que resulta toda una satisfacción después de años de duro entrenamiento y con frecuencia viendo pasar por delante a varios de sus compañeros. En ese momento, los científicos se olvidan de los problemas y se someten a cuantas pruebas sean necesarias. Haber pasado esa especie de casting ya es suerte suficiente. Se trata, desde luego, de un sueño hecho realidad, ese que tantos niños imaginan en algún momento de su infancia: llegar a ser algún día un astronauta.



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